Jorge y los estudios

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En un colegio de un pequeño pueblo de las montañas de Francia, había un joven niño al que no le gustaba estudiar. Sus padres habían intentado motivarlo de mil y una maneras, no obstante el niño siempre oponía resistencia bajo la teoría de que todo lo que allí le enseñaban le aburría y no servía para nada.

Sus padres le habían puesto profesores particulares, le permitían jugar hasta horas tardías por tal de tenerlo motivado y que fuese al colegio tranquilo y habiéndose divertido, no obstante tampoco funcionaba. Es por ello que le preguntaron una y otra vez, que le gustaría hacer para ir más contento a la escuela, el niño tras pensarlo brevemente dijo:

“Quiero ir de caza con papá”

Su padre era un aficionado a la caza y acudía cada semana al bosque que rodeaba su aldea con la intención de cazar animales salvajes, principalmente jabalíes que entre otras cosas eran los principales enemigos de los campesinos, los cuales veían mermada su cosecha por sus ataques continúo. Al ver que no había nada más que motivara al niño que esa curiosa y peligrosa insistencia por acudir de caza con su padre, los padres del niño optaron por consentir que le acompañara, eso sí, sin despegarse en ningún momento de su padre.

Esa misma semana en el colegio, en la clase de ciencias naturales, habían estudiado la fauna y flora de las montañas donde vivían, un tema que de nuevo le parecía especialmente aburrido, pero que como mínimo puso cierta atención al llegar a la parte de los jabalíes, no por un ansia de aprender, únicamente para poder explicarle algo a su padre e intentar así que le dejara acompañarlo de caza.

Llegó el día de ir de caza, el día que más había esperado en meses, aquella noche casi no pudo ni dormir de la emoción, vestido desde primera hora como un pequeño gran cazador, con su ropa de camuflaje, etc., se dirigió con su padre al bosque, aun oscuro, a 10 km al noreste de su casa. La madrugada fue bien, consiguieron abatir a un par de ejemplares, pero en un pequeño barranco el joven resbaló por la húmeda hoja allí existente y apareció cinco metros más abajo, sin daños graves pero con un dolor en su pierna izquierda que le impedía levantarse. Mientras su padre intentaba encontrar un camino alternativo para ayudarle, observó como de la nada aparecían dos jabalíes enormes, el niño muerto de miedo llamaba a su padre que seguía intentando bajar como podía, fue en ese momento cuando recordó  y puso en práctica por primera vez algo aprendido en el colegio, sabía que los sonidos agudos y repetitivos espantaban a estos animales, de modo que grito y grito y grito hasta que vio como los jabalíes huían rápidamente.

Moraleja: el saber no ocupa lugar pero puede resultarnos útil en un futuro por mucho que ahora no le encontremos el sentido

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